¡Ay de la Cultura Popular!. Que nos deja rastros, pistas, intrigas, que nos invitan a seguirlas. Además de saborearlas. Claro, porque estoy hablando de las manifestaciones gastronómicas populares; que eso también es cultura. Puntualmente, me refiero a la Tortilla de Papas (sólo “Papas”, sin “Mamas”. No habrá ningún “Sueño de California”).
El origen de este manjar, como todo lo popular, tiene varias fuentes, en pugna y cuestionadas. Esta nota no es un manual de historia, así que obviaré la precisión de su génesis y apuntaré a cosas más importantes y determinantes que, en este viaje, nos llevarán al meollo del asunto.
En primer lugar, la tortilla es un plato omnipresente y sumamente popular, elaborado con ingredientes cotidianos y (por ahora) accesibles: papa, huevo y, según las formulas y las tradiciones, cebolla. Esa es la base; en adelante, se le agregarán ingredientes a gusto de quién la realiza.
Pero, veamos, lo importante es la conjunción de elementos: la necesidad (todas la fuentes concuerdan con que es un plato que nace en la pobreza y falta de alimento); y el encuentro de continentes: América y Europa. Y, por último, pero no menos importante: la conformación de identidad. Porque la tortilla de papas es representativa de diversas culturas regionales ibéricas y, también, hispano americanas.
Y en ese andar del descubrimiento me encontraba, mientras realizaba otros viajes peregrinos, cuando me encontré de frente con un hecho que vale la pena ser mencionado: el hallazgo de una sociedad iniciática, una cofradía, una logia. La Hermandad de la Tortilla Perfecta.
Deslumbrado por este descubrimiento, quise saber más. Los vecinos se mostraron un tanto reticentes a dar información. Decían no saber de qué hablaba. Cuestionaron la relevancia de la tortilla de papas, como para dar origen a tan descabellado grupo. Incluso, recibí amenazas de un sector reaccionario de la gastronomía popular, que me dejó un cartel intimidatorio, que decía:
“Dejá de joder con tus aberijuasionez. Sino, te vamó a dar buelta la tortiya. ¡Aguante el chori sin cortar!” (sic)
No permití que me ganara el temor. Decidí seguir adelante. Necesitaba encontrar a esos oscuros monjes de la fritanga y las tapas.
Luego de varias averiguaciones, traiciones y confesiones, en una noche de charla y vino, di con el Gran Maestro de la Hermandad de La Tortilla Perfecta, llamado Armando Marcelo.
El Gran Maestro Armando Marcelo, dibujado a mano alzada, mientras impartía las "Enseñanzas de la Sartén templada"
Me deslumbró con su retórica, con la cual desmenuza los pormenores de la ciencia tortillera; llegando a momentos de erudicción “Papistica” (la de la tortilla; no el Vaticano) y su gran anhelo como Maestro portador de un legado y misión:
- “Quiero llegar a hacer la tortilla perfecta; solo con papa y cebolla”.
Debo reconocer que, al comienzo, dudaba de toda esta proeza. Pero hubo algo que me atrajo, como un imán atrae a un gancho clip. Y fue el hecho de que esta Hermandad estaba conformada por una sola persona; por el Gran Maestro Armando Marcelo.
No sé si fue su idealismo o romanticismo, su abnegación por mantener y llevar adelante un deseo, una pulsión de goce creativo, eterno combustible de las grandes causas de la humanidad, ajena a toda ambición egoísta, lo que me convenció. Lo cierto es que soy el segundo integrante de la Hermandad de La Tortilla Perfecta. Y aquí estamos, en nuestro crisol de mesada y sartén, tratando de hallar para la humanidad el manjar tubercular, que será la ambrosía de la fiesta de los pueblos.
¡Hasta la próxima parada de mis viajes!.
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